La dictadura del miedo
El miedo nos ha protegido durante milenios. Ahora es la herramienta perfecta para gobernarnos.

¿Ha escuchado alguna vez eso de «nos quieren tontos y aborregados»? Bien, vamos desde el principio.
Empecemos por lo que nos ocupa y da título a este artículo: el miedo. Evidentemente, posicionarse contra el miedo sería una temeridad. Desde el punto de vista evolutivo, que estemos aquí «comunicándonos» a través de este texto es, en gran parte, gracias al miedo y cómo este mecanismo nos ha protegido del peligro. Pero ahí reside el doble filo de este sistema de supervivencia, porque esto puede volverse en nuestra contra. Y es justo lo que está sucediendo. Vamos a verlo.
Tener emociones como la tristeza, el miedo, la desesperación, es normal en la vida de cualquier persona, pero lo cierto es que, actualmente, la mayor parte de nuestros miedos y preocupaciones son generados a nivel mental. Es decir, no responden a un peligro real para nuestra supervivencia. Estos corresponden, según estudios, a cómo damos vueltas y vueltas a un asunto negativo y, sobre todo, a cómo percibimos el mundo, cómo nos percibimos a nosotros mismos y cómo percibimos la realidad que nos rodea.
Sabiendo esto la estrategia está clara. Vivimos con el constante bombardeo de lo trágico que es todo: hambre, paro, desahucios, política, economía, noticias negativas; amenazas que nos acechan a la vuelta de la esquina: virus, oleadas de criminalidad, violencia, guerras, tecnología nuclear… ¿Por qué he usado la palabra estrategia? Porque todo esto está enfocado con un claro objetivo: definir la realidad dándole una versión que quieren que tengas para infundir miedo y, así, conseguir, ya no que se active nuestro sistema de supervivencia ante una posible amenaza, sino que vivamos asustados. Esto produce muchos efectos en nuestro cerebro, mente y cuerpo, pero citaré solo algunos de los más relevantes. Porque este tema está ampliado en mi libro El Sendero de la Razón.

Una de las cosas que ocurre es lo que se conoce como «secuestro amigdalino», que es, básicamente, que las amígdalas cerebrales se quedan encendidas como si viviéramos en el centro de un campo de minas. Lo que provoca que estemos continuamente en un estado de alerta, en modo de pura supervivencia, y lo que hacemos es modificar nuestra percepción de la realidad como si todo lo que pudiéramos ver fuera una potencial amenaza. Esto genera que estemos a la defensiva, que cualquier persona pueda ofendernos, que lo veamos todo como un ataque personal, que estemos irritables, susceptibles y, por supuesto, pesimistas en cuanto al futuro y nuestra visión del mundo. Otra de las cosas que sucede en nuestro cuerpo cuando somos influidos por ese miedo, es que generamos distrés (estrés malo), y sus consecuencias son muy perjudiciales tanto a nivel mental como a nivel corporal: la primera es una reducción del tamaño de una parte del cerebro que es el lóbulo prefrontal, básico en la toma de decisiones, resolución de problemas y demás procesos cognitivos.
Algo lógico, si se piensa detenidamente, porque nuestro organismo interpreta que las zonas más importantes del cerebro son las que nos ayudan a sobrevivir a los peligros, ergo cualquier zona dedicada a otra cosa, se va deteriorando. ¿Recuerda cuando dije lo de «tontos y aborregados»? Pues si lo expuesto anteriormente no le ha convencido, aquí voy con más leña. Resulta que se ha demostrado en múltiples estudios que el distrés produce la muerte de neuronas cerebrales; neuronas que tienen que ver con el aprendizaje, la memoria y que segregan sustancias necesarias para generar la sensación de alegría.
La cosa no acaba aquí. El distrés también afecta de lleno a nuestro sistema inmunológico, clave en la defensa contra bacterias, virus y tumores. ¿Es casualidad que la cifra de personas que han desarrollado un tumor haya crecido tanto con los años? Dejaré la pregunta en el aire. Resulta que además, hay una zona en nuestro cerebro que se llama ínsula, que cuando una persona sufre distrés se activa provocando toda una serie de trastornos en el tubo digestivo. Desde colón irritable hasta estreñimiento o gases. Pero es que el travieso distrés no tiene bastante, y resulta que también genera la producción de colesterol y triglicéridos en el hígado, haciendo la sangre más viscosa y generando toda una serie de problemas vasculares. ¿Y qué pasa cuando el distrés se sostiene en el tiempo? Que empieza a acumularse un residuo tóxico que provoca un desgaste conocido como «carga alostática», y de repente, sin saber por qué, la persona entra en una depresión. No lanzaré de nuevo otra pregunta al aire… Pero ya sabe por dónde voy.

No sé si usted ha podido identificar alguna de estas cosas en la gente de su alrededor o en usted mismo, pero es una realidad. Por eso me comprometí a escribir este artículo y explicar lo que pretenden con tanta amenaza vírica, situaciones bélicas, visiones catastróficas del mundo, pronósticos negativos del futuro o con esos ataques constantes a la identidad real de las personas.
Por no acabar de una forma tan catastrófica, diré que hay una solución sencillísima posible a todo esto, y lo mejor de todo, es que depende únicamente de usted. La expongo.
Resulta que todo esto ya lo sabían los «médicos» en el siglo V aC. Todo esto exactamente no, la verdad. Quiero decir que se dieron cuenta de que la percepción que tenemos de la situación, de la realidad y de nosotros mismos, tiene un impacto directo en nuestro organismo. No sabían por qué, pero sabían que la gente se curaba, y lo llamaron «el arte médico». Hoy se conoce como… no se asuste: Psiconeuroendocrinoinmunología. Que es, básicamente, que nuestros esquemas mentales producen cambios a niveles cerebrales, corporales y hormonales. E igual que se puede utilizar de forma negativa, como hemos visto, se puede emplear de forma positiva.
Actualmente se sabe, por ejemplo, que en función del tipo de mentalidad que tengas movilizas una serie de neurotransmisores, hormonas y cambios electromagnéticos que producen cambios físicos perceptibles en el tejido cerebral, a esto se le llama «neuroplasticidad».
Por ejemplo, hay neuronas que se hacen sensibles a cierto tipo de neurotransmisor, como los que generan sensación de paz, calma o alegría. También pueden cambiar su forma de conectarse con otras neuronas creando nuevos circuitos. E incluso se ha podido observar la creación de nuevas neuronas. Así que sí, sin duda, cuando somos capaces de ir más allá de la realidad que nos muestran, de ese diagnóstico que nos hacen de cómo está el mundo, cuando una persona emplea tiempo en sí misma, en conocerse, en explorar la verdad, en meditar, en plantearse las cosas, en cuestionarlas, cuando se abre al asombro y a la posibilidad de algo más, puede hacer frente a la dictadura del miedo.
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