Campos mórficos, la teoría que lo explica todo
Rupert Sheldrake propone que existen campos que recogen y organizan la información. Si tiene razón, nuestra mente no termina en el cráneo.

Junto a la entrada de mi casa tenemos un rascador de varios pisos al que nuestra gata se sube cuando va a entrar alguien. Cierto día, que desde entonces se convirtió en costumbre, fue corriendo y subió con la emoción previa a ponerle comida. En ese momento sonó el móvil: «Ya voy», mi mujer salía de trabajar.
He compartido este hecho con personas que tienen mascotas y es más común de lo que parece. Si usted no tiene mascota seguro que ha experimentado otras cosas parecidas, como sentir cuando alguien le mira o pensar en decirle algo a un familiar y que llame por teléfono. Hay cantidad de informes de centros de conservación que documentan cómo las aves y algunos animales vuelven a su hábitat tras haber sido trasladados previamente a un lugar que desconocen. Pues todo esto parece tener una explicación, y se llama Campos Mórficos. Esta teoría, formulada por Rupert Sheldrake, se basa en la idea de que existen unos campos que recogen y organizan la información, de manera que estos tendrían una influencia directa en la conducta animal y los grupos sociales, y a la influencia que tienen estos organismos entre sí y su relación con estos campos, lo llamó Resonancia Mórfica.

Ya sé que todo esto puede resultar abrumador, quizá incluso místico, pero vamos a hacer un recorrido por distintos experimentos, aunque no se ciñan al trabajo de Sheldrake, que demuestran esta teoría y permiten entenderla mejor, reconocerla en nuestro día a día y reducir su esoterismo. Vamos con uno de los más suaves:
A finales del s. XIX, el entomólogo Auguste Forel quiso estudiar cómo se organizaban las colonias de hormigas y entender de qué dependía la estructura social que adoptaban. Para ello las introdujo en un entorno controlado y estuvo durante mucho tiempo tomando notas sobre la tarea y la personalidad de algunas de ellas. Una vez que la colonia se estabilizó y recogió los suficientes datos, formó otras colonias mucho más pequeñas para repetir el proceso, y aquí vino la sorpresa.
Auguste pudo ser testigo de cómo estas nuevas colonias se organizaban y estructuraban manteniendo proporciones similares a las anteriores en cuestión de roles adoptados por las hormigas, como obreras, soldados, reinas, perezosas, algunas que se aprovechaban del trabajo de las demás, etc. Esto quiere decir que muchas de las hormigas adoptaron una personalidad o una función en la colonia nueva que en realidad no tenía nada que ver con su personalidad individual o aspiraciones, porque al formar estas colonias más pequeñas, las hormigas de la primera se mezclaron, y que en todas se repitiera la misma estructura solo es posible si muchas de ellas se adaptan al nuevo entorno. De aquí surgieron varias preguntas: ¿dónde reside la información de cómo tiene que estructurarse la colonia? ¿Cómo sabe la hormiga trabajadora que le toca ser vaga porque tiene que cumplir con su porcentaje en la sociedad? Exacto, campos mórficos.
En experimentos entre madres e hijos es muy fácil encontrar la presencia de estos campos. Por ejemplo, investigadores de distintas universidades han separado tanto a crías de ratón como a chimpancés de sus madres y han podido comprobar, midiendo las respuestas fisiológicas de ambos, que las madres experimentan variaciones incluso de su ritmo cardíaco cuando las crías se ven sometidas a un alto estrés. Aunque estén alejadas por un tiempo y no tengan contacto visual.
A lo largo de la historia son muchos los pensadores, filósofos y buscadores de conocimiento en general los que se han dado cuenta de que algo había que era capaz de unificarlo todo, algo que nos era común a todos los seres, una corriente de información que bañaba a cada ser… Esto se basaba en la experiencia, como la que todos hemos podido contemplar en algún momento o, por ejemplo, en la simple observación de sucesos que ocurrían al unísono; por citar algunos de los más grandes, la aparición de la escritura alrededor del 3200 a. C. tanto en Mesopotamia como en Egipto, el cálculo, desarrollado prácticamente al unísono y sin comunicación previa por Newton en Inglaterra y Leibniz en Alemania, la Teoría de la Evolución desarrollada casi a la vez por Darwin y Wallace, etc. Numerosas pruebas realizadas que ahora podemos analizar, como he hecho yo, desde esta perspectiva, demuestran la existencia de los campos mórficos, pero lo que resulta más impactante, por todo lo que implica y la cantidad de cuestiones que abre al mundo de la filosofía, la conducta y el entendimiento de la realidad, son los descubrimientos que ha hecho Sheldrake en organismos inertes y en los procesos físicos. ¿Puede pensar algo que no está vivo? Veámoslo.
Después de un seminario en la Universidad de Vermont donde Sheldrake explicó que, cuando una sustancia química se cristaliza por primera vez, la forma de sus cristales ejercerá, por resonancia mórfica, una influencia sobre los cristales posteriores como evidencia tangible de la influencia de estos campos en los procesos físicos, un químico le sugirió que debería ocurrir algo parecido con los puntos de fusión de los elementos. Esto sorprendió a toda la sala, porque los puntos de fusión se consideran constantes físicas. Por ejemplo, el hielo, mientras no haya variables muy alteradas como la presión o muchas impurezas, su temperatura de fusión siempre va a ser a 0°C. Pero en la cabeza de Sheldrake empezaba podía tener sentido, y decidió investigarlo. Primero preguntó a otros científicos que se dedicaban a esto, y le confirmaron que sí, efectivamente en el caso de algunas sustancias se daba el caso de que la temperatura de fusión subía gradualmente a medida que trabajaban con ella, pero consideraban que esto se debía a que los que trabajaban en esto, cada vez eran mejores y conseguían muestras con menos impurezas. Y sería cierto si se viera en todos los casos, pero en las sustancias que llevan fusionándose desde hace millones de años no ocurre, y es que estas, por decirlo de alguna manera, ya no pueden «aprender» más.

Sheldrake se dedicó a recopilar información de manuales y revistas científicas de principios del siglo XX y a compararlas con los datos recopilados más actuales, y aquel científico de Vermont tenía razón, la resonancia mórfica podía observarse también en las temperaturas de fusión. Por ejemplo, la adrenalina, aislada por primera vez en 1895, tenía un punto de fusión de 201 °C y en 1985 de 215 °C. La aspirina había pasado de 134 °C en 1914 a 142 °C en 1996. Y sin embargo, la salicina, que se encuentra en la corteza de los sauces y otras plantas, se ha mantenido constante por llevar tantos y tantos años fusionándose.
Vamos a lo realmente importante, ¿qué significa esto para nosotros y el día a día? Los campos mórficos y la resonancia mórfica implican que las personas estamos influídas por lo que los demás hacen, dicen, piensan y experimentan. Es decir, que las mentes no están confinadas a la privacidad de nuestros cráneos, si no que el pensamiento es global y todos tenemos acceso a él. Está claro que hay una individualidad, que pasa por nuestra propia aportación, un rumiar y un procesamiento que hace que sea nuestra propia voz la que escuchamos en la cabeza, pero esto no anula lo anterior. Uno de los experimentos que no he matizado por su dureza y su falta de ética, es el de unas ratas a las que destrozaban porcentajes variables del cerebro con el fin de comprobar si su memoria seguía intacta, y en efecto, así era, ¿dónde reside la memoria pues?
Ya que podemos, sin ser conscientes, influir en los demás con nuestros pensamientos y nuestras acciones, tenemos una responsabilidad mayor, y es que nuestro impacto en el resto de la humanidad es mucho más alto del que podríamos imaginar antes de conocer esto. Podemos hacer mucho más de lo que creemos por nosotros y por el resto de la gente, y esto, sin duda, una vez lo sabes es una oportunidad magnífica y aporta una visión mucho más esperanzadora que la individualidad, porque no solo podemos ayudarnos a nosotros mismos, sino que con nuestras acciones influimos en los demás, así que mejor dar nuestra mejor versión y andar con cuidado, porque los pensamientos negativos que tenemos, muchas veces, pueden tener más impacto del que parece.
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