El tiempo y la belleza
«No es breve la vida; nosotros la abreviamos». Por qué quien menos tiempo tiene es quien mejor mira.

Antes de nada, tranquilidad; no voy a hablar de Platón ni de Newton ni de San Agustín ni de Relatividad ni de Cuántica ni de ninguno de estos… asuntos. Mi intención es abordar el tema desde una perspectiva mucho más «de a pie».
Resulta que hace unos días me invitaron a una tertulia y surgió el tema del tiempo, de que por lo general nos falta y de cómo parece que lo que de verdad importa pasa a nuestro alrededor de forma inadvertida. En aquel momento, y por experiencia personal, dije algo que es de lo que voy a hablar aquí, que los enfermos y las personas terminales son capaces de apreciar la belleza en una flor, de acercarse a sí mismos, de estar más cerca que nunca de lo que realmente son. Qué contradictorio, ¿verdad? Resulta que cuando menos tiempo nos queda, más nos detenemos a la contemplación. Pues tiene todo el sentido del mundo.
Tratando este tema me resulta inevitable recordar el pequeño librito de Séneca llamado De la brevedad de la vida, unas cien paginitas en las que puedes demorar años y años de lectura. Un símil perfecto de lo que nos ocupa. Casi su primera frase, contiene una enseñanza valiosísima, una de esas que una vez la interiorizas y la comprendes, te cambia para siempre: «No es breve la vida; nosotros la abreviamos».
En el mundo frenético en el que vivimos, a galope sobre la actualidad, la tecnología, las noticias de última hora, la serie de turno, la película de estreno, el estatus y la continua presencia en redes sociales, levantamos tal humareda que es imposible que la vida misma no nos pase desapercibida.

Pero hay una aparente sabiduría infinita en la naturaleza y en nuestros propios cuerpos que parece decir: «Si no paras tú, te paro yo», y es que resulta, grosso modo, que tenemos una especie de mecanismo interno que calcula que con muy altos niveles de estrés vamos a vivir menos tiempo que si nos envía una enfermedad. Impresionante.
Y es, en ese momento, en el que uno se detiene y sale de la humareda, con el entorno más despejado, donde se da cuenta de lo que realmente importa, de que puede establecer prioridades y de lo bonito que es todo lo que la vida nos ha puesto para que contemplemos.
Hay una obra magnífica de Pirandello llamada El hombre de la flor en la boca, en la que le diagnostican a su protagonista una enfermedad terminal, y de repente, se abre ante él todo un mundo de cosas extraordinarias, cosas que antes le pasaban desapercibidas, y pasa a ser capaz de estar horas mirando la destreza y belleza de un dependiente envolviendo las cosas que vende cuando antes pasaba corriendo de un lado a otro.
Ortega y Gasset tiene un ensayito llamado Meditación del marco en el que cuenta cómo una enfermedad le obligó a pasar horas y horas contemplando el marco de un cuadro, y cómo puedes encontrar la belleza hasta en lo más insignificante. Hasta James Joyce escribe en Retrato del artista adolescente la capacidad de un enfermo de ver en el vaivén del fuego las olas del mar.
A lo que voy, que veo el fin de la hoja llegar. ¿Sabéis la típica pregunta «filosófica» de vídeo de YouTube de Filosofía en 5 minutos sobre si os gustaría saber el momento exacto de vuestra muerte? Pues este es mi intento de que todos tengáis más tiempo. De que lo aprovechemos, ya que no sabemos cuándo dejaremos de tener más. De que lo destinemos a lo que de verdad importa. De que establezcamos prioridades. De que no nos quejemos de tiempo después de dos horas de Tiktok o de mandar corazones por Instagram. De que no necesitemos estar a las puertas del adiós o postrados en la cama de un hospital para darnos cuenta de la belleza de la vida. Que creedme, desde el otro lado de la humareda, ES MARAVILLOSA.
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