El placer y la felicidad
Dopamina y serotonina, Platón y Aristóteles: la diferencia que decide tu salud mental.

Es muy común ver, sobre todo en redes sociales, que es donde curiosamente más se habla de sentimientos, comentarios tipo: «Me acabo de comer una pizza entera, qué feliz soy», «Este fin de semana, series y manta, la felicidad», «Oh, qué feliz soy, mañana no madrugo». SPOILER: no es casualidad que estas mismas personas también publiquen
todo lo contrario, transmitiendo su desdicha, como si vivieran en una montaña rusa emocional. Pues aunque parezca que no, el problema principal reside ahí, en la diferencia entre placer y felicidad.
Decía Platón que todo deseo era una expresión de una carencia (irrefutable, el que quiere pelo con seguridad es calvo), y por ende, los afrodisiai (apetitos carnales) como copular, beber o comer, eran miserables, y que lo único que nos permitía vivir dignamente era cultivar el saber.
Un poco dramático para mi gusto. Gracias a Dios luego vino Aristóteles y dijo que para nada eran cosas incompatibles. Que se podía comer, no como un glotón, sino como un gastrónomo; beber, no como un alcohólico, sino como un catador; y copular, con el mayor arte e imaginación, porque también eran formas de cultivar el saber, y además, nos distinguía de las bestias y de las formas más incivilizadas de la humanidad.

Esto es un tema que daría para llenar toda la revista y unos cuantos números más, pero no es esa mi intención. Lo que quiero es mostrar que este conflicto entre placer, deseo, conducta y felicidad, sabiduría y temple, fue identificado hace muchísimos años, y la gente, o se ha olvidado, o no lo sabe o anda demasiado ajetreada como para pensar en estas
cosas. Tranquilidad, hay quienes hacemos el trabajo sucio.
Lejos de definir cada cosa y dar aquí un rollo, quiero mostrar la diferencia entre placer y felicidad de forma rápida y concisa, porque es fundamental reconocerla para una buena salud mental.
Vamos a lo más superficial, a lo que cualquiera que lea esto va a saber identificar. El placer viene de algo exterior; la felicidad del interior. El placer es momentáneo, una sensación pasajera; la felicidad es un estado de periodo indefinido. El placer es adictivo, ya sea a sustancias como el alcohol, dulces, drogas o a conductas (deslizar la pantalla en TikTok); la
felicidad, simplemente, no.
¿Cómo se sabe todo esto? Lo cierto es que si no has experimentado la felicidad, no es tan fácil reconocer los anteriores puntos, pero no hace falta, la ciencia puede hacerlo por ti. Resulta que, simplificando mucho a partir de aquí —aún más quiero decir— se puede deducir todo esto de dos neurotransmisores que seguro que te suenan: la dopamina, que es el placer; y la serotonina, que es la felicidad.
La dopamina estimula las neuronas, y cuando estas son estimuladas en exceso y muy seguido, mueren; la neurona, que es muy lista, tiene un mecanismo contra esto, y para no ser tan estimulada dice «pues reduzco el número de receptores», ¿y qué provoca eso en nosotros que no somos tan listos? Tolerancia. Así que la siguiente vez necesitaremos una dosis más grande para obtener el mismo efecto placentero. En cambio la serotonina no hace esto. La serotonina calma, da paz, tranquilidad, ese sentimiento de fundirte con la vida. Por curiosidad, ¿sabes qué se encarga de reducir la serotonina? Exacto, la dopamina. Entonces, cuanto más placer busques provocarte, más infeliz vas a ser. ¿Recordáis el spoiler de antes? No es coincidencia, ni casualidad ni mala suerte ni nada por el estilo percibir ese vaivén emocional en gente con «conductas placenteras».
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